Cumplir 100 Años Contagiando Vida – Parte 1

Envejecer es inevitable; perder antes de tiempo la ilusión, la vitalidad y las ganas de vivir no debería serlo.

Cuando me reencuentro con compañeros del colegio o algún antiguo amigo a quien conocí hace 30, 40 o 50 años, y los veo, además de envejecidos, exageradamente deteriorados, me invade una impresión que me hace reflexionar: ¿Tanto tiempo ha podido pasar? Y si esa persona tiene mi misma edad, ¿tendré quizá el mismo aspecto a los ojos de los que me conocieron de más joven? ¿Tan mayor soy?

Y es que, ciertamente, muchas personas representan más edad de la que cronológicamente tienen. Por el contrario, otras aparentan tener 10 o 20 años menos de los años cumplidos. ¿Habrán sabido cuidarse desde jóvenes? ¿Les habrá acompañado la fortuna y la felicidad o tal vez hayan heredado una agraciada genética?

Muchos son los factores, circunstancias y avatares de la vida, la mayoría desconocidos e imprevisibles, que afectan y determinan tanto positiva como negativamente la conservación de nuestra cara, cuerpo, silueta y aspecto externo.

Comenzaré esta lección, este taller de vida, aseverando que uno de los peores enemigos que acechan, deterioran y enferman al ser humano en el transcurso de su existencia es el MIEDO o los MIEDOS.

No nos atrevemos a confesarlos, pero ciertamente los MIEDOS a “muchas cosas” están presentes a diario, impidiendo nuestra libertad y nuestra paz: MIEDO al fracaso, a no ser queridos, a ser rechazados, a un futuro incierto, a los espacios cerrados o demasiado abiertos, a las desgracias que puedan ocurrir a los que amamos o necesitamos, a no dar la talla en el trabajo, a no ser valorados o reconocidos en nuestro trabajo, a los que nos puedan menospreciar, humillar o hacernos daño, a un examen, a lo desconocido, en fin, a tantas cosas.

Seguramente, uno de los MIEDOS que va creciendo y más nos atenaza conforme pasa el tiempo es el MIEDO a la vejez, al deterioro, a la enfermedad, a no valer por nosotros mismos, a quedarnos solos.

Cada día en mi consulta me encuentro con más enfermedades que se gestan desde los MIEDOS.

Cuando voy por la calle, se me encoge el alma de ver que muchas personas, por no haber sabido cuidarse, quizá por falta de ilusión de vivir o… por muchas otras causas, aparentan 10, 15, incluso hasta 20 años más de los que tienen y están llenas de achaques, de goteras, deterioradas física y anímicamente y, por añadidura, encogidas por el MIEDO.

Queridos amigos, huid del MIEDO. Es un enemigo soterrado e insidioso, a veces incluso diabólico. Se alimenta de nuestras debilidades y, si no lo neutralizamos, se hace cada vez más fuerte, envejece el cuerpo, devora el alma y acaba controlando nuestra vida y nuestra salud.

EL MIEDO ES LIBRE, PERO NO ES INVENCIBLE

Como en tantos contextos de la vida, y esto una vez más responde a la ley de la compensación, los que han tenido éxito en su juventud, llegaron a tiempo al reparto de caras y cuerpos, han cosechado triunfos y aplausos y han caído en la trampa de la vanagloria, al llegar el ocaso de su vida, como tienen mucho que perder, pasan mucho más MIEDO que las personas que han vivido sencillamente, que no han tenido grandes propiedades ni demasiados vicios, que han estado al servicio de los otros, que lo dejan todo aquí porque no tienen nada que llevarse a la otra vida como no sean sus manos llenas de buenas acciones.

También es verdad que en todo esto influye el carácter, la personalidad y las circunstancias de vida de cada cual, y que las diferencias son inevitables, incluso convenientes.

No conozco ninguna maravillosa receta para hacer desaparecer el MIEDO al paso del tiempo. Lo que sí puedo deciros es que esta asignatura, que casi nadie hemos estudiado, no se aprueba haciendo unos cursos, leyendo unos libros o poniendo en práctica unos buenos consejos, ya que hasta los grandes santos han tenido MIEDOS, miedos tanto mayores cuanto más escasa la fe, cuanto menor es la esperanza y mayor el egoísmo.

No hay pastillas para eliminar, para combatir el miedo, pero sí existen formas de ayuda psicomental y, sobre todo, espiritual, ya que EL MIEDO es una enfermedad de la mente y del alma.

Pedid ayuda al único SER que tiene el dominio sobre él y, si la pedís con fe, Él os dará la fuerza para vencerlo. Creedme, es el camino más seguro.

Otra fórmula para modular y minimizar LOS MIEDOS son las flores de Bach, una buena y comprobada terapia capaz de amortiguarlos notablemente.

Vamos a introducirnos en este tema siempre actual, interesante y preocupante porque tarde o pronto a todos nos puede tocar.

¿Cuáles son los mejores trucos? ¿Cómo hay que cuidarse? ¿Qué hay que hacer o qué no hacer para retrasar el deterioro prematuro, el envejecimiento precoz, la pérdida de facultades y alcanzar los 100 años contagiando vida?

Un asunto que os conviene, porque os enseñará a envejecer bastante más tarde, con más alegría, con mejor aspecto y con ilusión de vivir y contagiar vida hasta última hora.

 

ACEPTAR, CUIDARSE Y CONTAGIAR VIDA

Definimos el envejecimiento como un proceso gradual, natural e inevitable. Un proceso en el que se dan cambios a nivel biológico, corporal, psicológico y social. Transcurre en el tiempo y está delimitado por este.

Cambios biológicos: Desgaste, atonía, atrofia o enlentecimiento del funcionamiento de los órganos.

Progresivo descenso de la eficiencia y vigor de todas las funciones fisiológicas, destacando el rendimiento cardíaco, fuerza muscular y lucidez mental, entre otras.

Deficiente funcionamiento del sistema inmunitario y, por tanto, más facilidad de contraer procesos infecciosos.

Aumento de la vulnerabilidad a traumas.

Disminución de la capacidad del abastecimiento de oxígeno.

Cambios psíquicos: Alteraciones en el comportamiento, la manera de percibir y de ver las cosas, hipersensibilidad, mayor emotividad, hiperexcitabilidad, conflictos internos, diferente enfoque de los valores y de las creencias.

En esta última etapa de nuestra vida se hace más patente la conciencia de que la muerte está cerca. En consecuencia, un aspecto importante en esta fase es la aceptación de la realidad de la muerte.

Por otro lado, las relaciones con la familia cambian, porque a menudo toca convivir con los hijos y nietos, y estas relaciones pasan por diferentes fases.

Es, por otra parte, normal en esta etapa sentir de cerca alguna pérdida afectiva por la muerte de un cónyuge, pariente o amigo, y estos desenlaces suelen acompañarse de gran tensión emocional y sentimientos de soledad.

Cambios sociales: Se trastocan los roles en el ámbito social, profesional y familiar.

La sociedad valora solo al hombre activo, que es aquel capaz de trabajar y generar riquezas. Sin embargo, aunque las personas mayores ya jubiladas se valoran como personas no activas, si no ha hecho presa de ellas el deterioro o alguna enfermedad importante, tienen muchas posibilidades de realizar nuevas e interesantes tareas en la sociedad y de aportar sus conocimientos a los más jóvenes.

La amistad, el trabajo, así como algunas cosas materiales que están a nuestro servicio, nos ayudan a alcanzar el bienestar, tanto material como psicoafectivo y espiritual, pero deberemos cuidarlas cada día, alimentarlas, mimarlas, porque ellas son las que sostienen nuestra ilusión por seguir viviendo.

De ninguna manera podríamos clasificar a todas las personas de 70, 80, 90 o 100 años en el mismo grupo. Una vez más comprobamos que los seres humanos somos diferentes y que “genio y figura…”.

Por una parte están esas personas vitales, activas y un tanto soñadoras que, cuando se jubilan, libres de horarios y obligaciones laborales, dan rienda suelta a sus proyectos:

Se enrolan en un grupo de montaña, se dedican a la horticultura, se inscriben en la universidad a distancia, dedican su tiempo a pintar, a escribir, se apuntan cada semana a un viaje o se compran una caravana y se lanzan a la aventura.

En otro grupo diferente, pero también activo, podríamos clasificar a los que se entregan de lleno a la vida familiar, ayudando a los hijos y educando y transmitiendo su sabiduría a los nietos. Natural, generosa y loable decisión.

En tercer lugar están los pasivos, gente sin aficiones, sin proyectos, sin hobbies, que se encuentran más o menos bien pero que, finalizada su vida activa profesional y sus obligaciones laborales, ya no saben qué hacer ni a qué dedicarse y se pasan el día leyendo el periódico, mirando la televisión y, a lo sumo, dando un paseo a las 12 o jugando una partida a media tarde en el centro de los jubilados. Esto no es lo ideal, pero la verdad es que resulta muy difícil sacarlos de ahí.

Y en un cuarto espacio podríamos meter a todos aquellos que no tienen ni el privilegio de sentirse en forma, ni la fortuna de llevarse bien con toda la familia, ni la suerte de conservar una salud aceptable, física, mental o psicológica, y como consecuencia les falta ilusión, el estímulo para seguir viviendo, y la tortura mental y los pensamientos negativos los abruman.

¡Esto sí que es triste y penoso, amigos! ¡Esto sí que es una lástima! Pero la verdad es que estas situaciones tan lamentables tienen muy difícil solución.

 

EXISTEN DIVERSAS TEORÍAS SOBRE LAS CAUSAS DEL ENVEJECIMIENTO, ENTRE LAS QUE HAY QUE DESTACAR:

  1. Mutaciones del ADN que se producen y no se reparan.
  2. Errores y excesos cometidos a través de la vida.
  3. Enfermedades mal curadas o abuso de medicamentos químicos.
  4. Agotamiento por mal funcionamiento de los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario.
  5. Mala utilización del capital genético heredado.
  6. Insatisfacción emocional, laboral o social.
  7. Permanencia en lugares de baja calidad biótica.
  8. Fracasos amorosos o carencias afectivas.
  9. Alimentación inadecuada, exagerada o contaminada.
  10. Sedentarismo. Falta de ejercicio, sobre todo al aire libre.

Nuestras peores amenazas son el desconocimiento, el vivir deprisa “mientras el cuerpo aguante” y las creencias erróneas, informaciones falsas sobre lo que es o lo que no es bueno para la salud. Aquí los intereses económicos y la publicidad engañosa han hecho verdaderos estragos.

Para autoconvencernos de que lo estamos haciendo bien se suele decir: “Lo de toda la vida, lo de siempre, lo tradicional, lo clásico”.

Las buenas costumbres y todo lo que ha demostrado dar buenos frutos para la salud y la longevidad permanecen en el tiempo, pero hay otras que han hecho mucho daño a la salud del ser humano desde que aparecieron algún día, hace 30, 50 o 300 años, pero… no son “de toda la vida” y en estos últimos años hemos descubierto que han provocado muchas enfermedades, por ejemplo, el azúcar blanco y todo lo que lo contiene, las harinas blancas y todos los panificados, bollería, pasta, etc., que con ella se elaboran.

Están presentes y nos rodean como elementos aceptados como inocuos, incluso saludables: los lácteos animales, muchos aislantes, detergentes, aglomerados, barnices, aerosoles, abonos químicos, los campos electromagnéticos de alta frecuencia emitidos por las antenas de telefonía, los wifi, WiMAX, radares, teléfonos móviles e inalámbricos, y un sinfín de elementos que nos quitan bastante más de lo que nos dan.

Informaciones falsas, incluso destructoras, que nos han colado en nuestro disco duro: tanto en alimentación como en forma de tratar muchas enfermedades, como en costumbres, como en construcción, consumo, etc.

Hoy, amigos de la salud y de la vida, podemos acceder a canales de información fidedignos donde descubrir, al menos en un porcentaje bastante creíble, todo lo más conveniente para huir de la falsedad, cumplir años en buena forma y vivir intensamente hasta la última hora.

No quiero ser presuntuoso, pero este es uno de esos canales donde podéis ir aprendiendo poco a poco cómo alejaros de cualquier enfermedad, de cualquier deterioro, al menos antes de cumplir 80-90 años. De aprender a disfrutar de la mejor calidad de vida y a sacarle el mayor partido a esa biomáquina que la vida os ha prestado.

No solo debemos aspirar a caminar por la vida rebosando salud física y mental hasta muy mayores, sino que debemos también aparentarla.

Y así… tener unas articulaciones y músculos que nos permitan movernos con cierta agilidad y sin dolores, unos órganos y un sistema nervioso que, aunque no al 100 %, funcionen sin problemas; mantener una mente despierta y una memoria y reflejos aceptables; y… que nuestro porte, nuestra piel, el brillo de los ojos, los rasgos de la cara y los gestos, aunque delaten nuestra edad, manifiesten un estado de salud y bienestar internos que contagien.

Porque… ¡qué pena da, amigos, ver a tantas personas que, sin llegar a mayores, ya son viejos! Seguramente, la vida les ha dado la espalda; habrán tenido problemas familiares, mala suerte en lo profesional, falta de cariño quizá, infancias infelices, les habrá ganado la batalla la envidia, el rencor, los celos…; tabaco, alcohol, una vida sedentaria; habrán comido desastrosamente castigando su digestivo, riñones y corazón…

O han vivido y viven en algún lugar perturbado, de los que enferman y envejecen muy deprisa a quien habita en ellos.

En la segunda parte de este articulo entraremos de lleno en los pilares que pueden ayudarnos a conservar durante más tiempo nuestra salud, nuestra vitalidad y nuestras facultades, y hablaremos también de los radicales libres, los antioxidantes y aquellos hábitos que pueden acompañarnos en ese propósito de llegar a mayores sin sentirnos viejos.

 

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