Una capacidad sensitiva natural que nos permite detectar lo que los cinco sentidos físicos y la razón no alcanzan a percibir.
Una capacidad sensitiva natural que nos permite detectar lo que los cinco sentidos físicos y la razón no alcanzan a percibir.

Al margen de las muchas definiciones con que se ha nombrado a la Radiestesia durante milenios, los prodigiosos poderes que se le han atribuido y, en fin, las múltiples vicisitudes por las que ha atravesado; hoy, después de muchos avatares, la conocemos por fin con un criterio avanzado y fehaciente desde la óptica de la física, la energética y la sensibilidad humana y animal.
La radiestesia, durante siglos, afianzada entre tantas culturas antiguas y modernas, ha sido objeto de demonizaciones, vilipendios y una denodada lucha entre clases y rangos por la exclusividad de su uso, hasta el extremo de ser causa de confrontaciones, castigos e incluso el exterminio de la gente de casta humilde que se atrevía a practicarla.
Podríamos definir, pues, que la Radiestesia es la capacidad sensitiva e innata del ser humano, y también de los animales y de las plantas, para detectar las alteraciones del campo magnético terrestre, traducidas por diferentes radiaciones que se proyectan desde el subsuelo, generadas por corrientes de agua, fallas geológicas, masas metálicas, oquedades, vórtices energéticos, chimeneas cosmotelúricas, bandas electrogeoagnéticas y otras.
Un experto avezado en Radiestesia posee una poderosa herramienta que, utilizada con vocación y respeto, puede alcanzar logros sin límite.
La práctica del ejercicio radiestésico profesional, aplicada en todos los campos que interactúan con el hombre y su entorno, se convierte en una herramienta valiosísima e insustituible en aras de descubrir, diferenciar y definir todo lo bueno o malo que, sobre la superficie de nuestro suelo, pueda incidir de manera notable en la salud y en la enfermedad de todos los seres vivos.
Al igual que en todos los aprendizajes, el perfeccionamiento y la especialización para alcanzar la profesionalización en cualquier ámbito, la Radiestesia igualmente deberá escalar varios niveles para poder utilizarla con la máxima fiabilidad, ya que al no ser una técnica exacta requiere tiempo de formación, donde intervendrán el estudio, la educación de la sensibilidad, la técnica, la deontología, mucha práctica y años de experiencia.
No es necesario esperar a que surja la enfermedad para comprobar los efectos que tienen las zonas geopatógenas en nuestro organismo. Basta con situar a una persona durante unos minutos en una zona alterada y comprobar que su nivel vibratorio se ha debilitado.
Podemos utilizar técnicas como la kinesiología, aparatos como el Sonotest, que mide el biocampo (radiación del cuerpo etérico de una persona), o el galvanómetro, que mide en ohmios la resistividad eléctrica de la piel, permitiendo comprobar cómo los músculos pierden fuerza, el aura se contrae y la resistencia cutánea disminuye.
Con aparatos más sofisticados se puede comprobar que la exposición a lugares vibratoriamente bajos produce un cortocircuito en el cerebro.
La Radiestesia, amén de prescindir de todo tipo de aparataje, llega aún más lejos. Con unas simples varillas y/o péndulo, no solo podemos medir puntualmente la contracción que se produce en el biocampo de una persona situada en una zona geopatógena, sino que también nos permite localizar en el cuerpo de una persona las geopatías provocadas por la exposición continua a esa radiación geopatógena, antes incluso de que aparezca alguna dolencia.
Es posible, por tanto, señalar la zona del cuerpo por la que atraviesa una corriente de agua o el punto que corresponde a un nudo Hartmann superpuesto sobre esa zona irritativa. La persona lleva grabada dicha información, pudiéndose detectar en cualquier momento, no siendo necesario que se encuentre en el lugar geopatógeno cuando se realiza la medición.
Es por todo lo expuesto que un profesional experto en Radiestesia Avanzada habrá de añadir a su bagaje: vocación de servicio, generosidad, humildad y un poco de espiritualidad.


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