Edificios Enfermantes

Comprender cómo las radiaciones naturales, las emisiones artificiales y ciertos entornos pueden afectar al bienestar de quienes habitan un espacio es clave para elegir una vivienda verdaderamente saludable.

Cuando volamos del seno familiar hacia el mundo exterior y, superada la etapa escolar y académica, lo primero que nos planteamos es la elección de una pareja, una profesión y una vivienda. Tres elecciones fundamentales que sostendrán el devenir de nuestro futuro: convivencia, independencia económica y cobijo.

Si todo va bien y la buena estrella nos acompaña, nos habrá tocado la mejor lotería. Porque la buena ventura y los aciertos —o, por el contrario, las equivocaciones y la mala estrella— en cualquiera de estas tres áreas incidirán en mayor o menor grado en nuestra fortuna y felicidad o en el sufrimiento e incluso la enfermedad.

La vida me ha enseñado, sobre todo a partir de equivocaciones, errores y por falta de información fidedigna, que abordar cualquiera de estos tres parámetros tan esenciales sin recabar toda la información posible nos expone a riesgos que luego se pagan con penalidades e incluso pérdida de vida.

En el posicionamiento hacia el futuro, tanto la elección de la especialidad laboral como de la persona que va a compartir nuestra vida presenta un porcentaje de riesgo difícil de evaluar, ya que no hay posibilidad de escanear su trayectoria futura. Esto convierte a estas decisiones en un verdadero “cara o cruz”, una aventura muchas veces “a la buena de Dios”.

La vivienda: el espacio donde habitamos

En esta publicación voy a referirme a la tercera elección: LA VIVIENDA.

Un espacio donde necesitamos encontrar la intimidad, la paz, el descanso, el amor y todo aquello que debe significar un hogar, tanto en su dimensión material como inmaterial.

En cuanto a este habitáculo se refiere —la vivienda— es posible evitar por completo el riesgo de equivocarse en su elección si entendemos que un bien material como es un inmueble, a priori y a primera vista, es lo que es desde el principio hasta el final.

Sin embargo, por muy atractiva, elegante, bien situada, bien construida o adecuada a nuestras posibilidades que nos parezca, podría estar impregnada por parámetros tan inmateriales como reales, como son las radiaciones naturales o artificiales provenientes del subsuelo o del entorno, convirtiendo esa vivienda en un espacio posiblemente poco saludable tanto para vivir como para trabajar.

Por ello, antes de tomar la decisión de compra o alquiler, será muy recomendable efectuar un estudio geobiológico a fondo para detectar, medir y evaluar esas otras partes de la casa que no vemos, no sentimos y no detectamos, con el fin de asegurarnos de que todos sus parámetros energéticos, naturales, artificiales, constructivos y del entorno harán de ella un hogar biohabitable y saludable, o por el contrario un espacio perturbador y enfermante.

Porque, de ser negativo el diagnóstico, en lugar de habitar un hogar podríamos estar entrando en una especie de “boca de lobo”.

¿Qué es un espacio enfermante?

Consideramos que una casa o espacio de permanencia —vivienda, oficina, colegio, tienda, etc.— es enfermante cuando la permanencia en él provoca que las personas, y en ocasiones también los animales o las plantas, desarrollen dolencias, trastornos o enfermedades que se mitigan o desaparecen al salir de ese lugar.

Radiaciones del subsuelo (subterráneas)

La presencia bajo un edificio de una corriente de agua subterránea, una grieta o falla geológica, una oquedad, una masa mineral o cualquier otra alteración importante del campo magnético terrestre puede proyectar una radiación natural que atraviesa todas las plantas del edificio.

Estas radiaciones pueden perturbar y debilitar especialmente a quienes permanecen en la vertical de dichas radiaciones. El impacto dependerá del estado de salud, la edad, la alimentación, la higiene de vida, el ejercicio al aire libre y el tiempo de permanencia en el inmueble.

Las dolencias que pueden gestarse como consecuencia de la exposición prolongada a estas radiaciones suelen ser de índole física, afectando a huesos, músculos, circulación de líquidos, órganos y cabeza. Pueden manifestarse como trastornos debilitantes, degenerativos o inflamatorios, según el tipo de telurismo presente.

Con frecuencia, las zonas del cuerpo más afectadas suelen coincidir con aquellas que ya presentan una predisposición genética heredada.

Radiaciones artificiales (electromagnéticas)

Sin dejar el concepto de radiación, también existen radiaciones artificiales que pueden ser responsables de trastornos y dolencias, especialmente de índole nerviosa, cuando alcanzan el interior de nuestras viviendas o lugares de trabajo.

Estas radiaciones pueden provenir de antenas de telefonía, radares, líneas de alta tensión, catenarias ferroviarias o transformadores eléctricos.

Especialmente las emisiones de alta frecuencia pueden afectar en mayor o menor grado dependiendo de la cercanía, la potencia de emisión y las características de la persona expuesta.

Las zonas del organismo más sensibles a estas radiaciones suelen ser la cabeza, el sistema nervioso central y autónomo, la piel y los meridianos energéticos.

Entornos contaminantes

Determinados entornos cercanos a un edificio habitable, ya sea vivienda o lugar de trabajo, pueden ser causa de padecimientos que con el tiempo llegan a hacerse crónicos.

La contaminación acústica y atmosférica provocada por la cercanía de vías de circulación intensa o la proximidad de industrias contaminantes puede favorecer la aparición de patologías respiratorias o trastornos otorrinolaringológicos, especialmente en personas con predisposición a estas afecciones.

Asimismo, la proximidad de lugares asociados al sufrimiento —como cárceles, residencias de ancianos, mataderos, cementerios o hospitales psiquiátricos— puede influir negativamente en personas especialmente sensibles desde el punto de vista psíquico.

Cuando una vivienda se encuentra rodeada de campos de cultivo tratados con agroquímicos, fertilizantes, plaguicidas o fungicidas, sus habitantes pueden estar expuestos a problemas de inmunidad, infecciones, trastornos respiratorios o afecciones cutáneas, especialmente en el caso de los niños.

Sabiduría ancestral sobre los lugares saludables

Los primeros habitantes de la Tierra elegían cuidadosamente los lugares donde asentarse. Buscaban terrenos fértiles, cercanos a cauces fluviales y protegidos de las inclemencias del clima.

Para decidir dónde construir se guiaban por su instinto, por el comportamiento animal y por la propia orografía del terreno. Evitaban levantar construcciones sobre lo que llamaban “venas del dragón” o “salidas de demonios”, expresiones que hoy podemos relacionar con alteraciones importantes del campo magnético terrestre, como corrientes de agua subterránea, fallas geológicas, masas minerales, vórtices o cuevas.

En esos lugares observaban que ni los hombres, ni algunos animales ni las plantas prosperaban adecuadamente.

La realidad actual

En la actualidad, prácticamente toda la superficie de nuestro planeta está mapeada, medida y parcelada. Cada metro cuadrado de terreno tiene propietario y valor económico, incluso aquellos que no son fértiles ni edificables.

Cuando un terreno edificable sale al mercado, su precio suele ser elevado. Y aunque bajo ese terreno existan alteraciones geológicas o energéticas importantes, rara vez se evita la construcción.

Con frecuencia se ignoran las advertencias, se desacredita a los expertos o se prioriza el valor económico. De este modo, se levantan edificaciones sobre terrenos que pueden convertirse en habitáculos potencialmente enfermantes.

Reflexión final

Después de esta breve exposición, espero haber transmitido a los lectores la enorme importancia de solicitar un estudio geoambiental o geobiológico antes de comprar o alquilar una vivienda.

Este análisis puede ayudarnos a evitar caer en la trampa de adquirir una casa o habitáculo enfermante y a no dejarnos seducir únicamente por apariencias atractivas que, con el tiempo, podrían terminar hipotecando nuestra salud y nuestro bienestar.


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